Cómo ahorrar en el recibo de la comunidad de vecinos

Publicado: 13/09/2013 en Energía
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Modernizar y mantener bien las instalaciones y modificar los hábitos de consumo permiten reducir la factura energética

Con solo cambiar una vieja caldera de gasoil por otra de condensación o de baja temperatura con gas natural, una comunidad de vecinos puede bajar hasta un 40% su consumo energético, aunque el recorte en la factura no sea en la misma proporción (hay que pagar la inversión de la nueva instalación). Una muy buena noticia, máxime ahora que el precio del gasoil es 1,5 veces más caro que el del gas natural. La calefacción es, sin duda, el corazón del gasto energético para una comunidad. “Estamos rehabilitando salas de calderas con cuarenta años de antigüedad con grados de eficiencia del 60%.

Son equipos que pierden mucha energía por la chimenea, por quemar mal, en forma de calor…”, corrobora Rafael Herrero, consejero delegado de ESSE Servicios Avanzados de Energía y presidente de la Asociación Nacional de Empresas de Servicios Energéticos (ANESE). “Una comunidad que tenga un gasto anual en calefacción de 1.000 euros por vecino, con el cambio consigue un ahorro suficiente para pagar el combustible y la financiación de la caldera y aún reduce su factura un mínimo del 10%”, explica a modo de ejemplo.

Las comunidades necesitan ahorrar a toda costa. ¿Cómo? Con tecnología y buenos hábitos de consumo.

Consumo Energético

Fuente: Gas Natural / EL PAÍS

“Una caldera centralizada es, sin duda, más eficiente desde un punto de vista técnico, pero se suelen producir muchos derroches a la hora de consumir”, explica María Pérez Medel, responsable de la Promoción de Eficiencia Energética en CCVV de Gas Natural Servicios. A partir de 2016, todas las nuevas viviendas deben incluir, por ejemplo, medidores individuales, aunque la caldera sea común, para que cada uno pague por lo que consume.“Una medida muy sencilla es ver cuánto tiempo se tiene encendida la luz en la escalera porque muchas veces es demasiado”, añade esta directiva.

La iluminación de las zonas comunes representa la segunda mayor partida del gasto energético, pero la mera sustitución de lámparas convencionales —incandescentes, halógenas y tubos fluorescentes— por otras led se traduce en consumos entre un 40% y un 80% menores. “Buscamos contratos a tres o cinco años, en función de la tecnología que se sustituya, para que el cliente vea ahorros en su factura desde el primer momento”, asegura Pérez. También se pueden instalar detectores de presencia que añaden un ahorro adicional de entre el 5% y el 15%. Sin embargo, otras soluciones, no son tan sencillas de aplicar en viviendas con varios años de antigüedad. “El uso de energía solar térmica para producir agua caliente sanitaria es obligatorio para las nuevas construcciones, pero si el edificio ya está construido y no está preparado o no tiene espacio suficiente esta tecnología no es rentable”, dice.

Para saber qué hacer, lo mejor es acudir a un especialista como las empresas de servicios energéticos, que realizan un traje a medida del cliente que incluye asesoramiento preventivo y correctivo, el cambio de equipamiento, el control de los sistemas y la compra del suministro energético. El modelo implica que durante el periodo de contrato, generalmente a largo plazo, el ahorro del consumo cubre el pago de la cuota a la empresa de servicios y reporta un ahorro en la factura del cliente —al finalizar el contrato, todo el ahorro es para este último—. Sin embargo, el modus operandi varía: algunas empresas siguen el modelo americano pionero (son compañías tecnológicas) y con ellas es el cliente el que realiza la inversión en los nuevos equipos; otras compañías lo asumen ellas.

Con las primeras, el cliente debe buscar financiación, con las segundas, no. Desde ANESE, critican este último modelo. “El cliente paga como peaje contratar el combustible con la propia compañía de servicios que muchas veces suele ser filial de una empresa energética y hablamos de contratos a largo plazo”, sostiene Herrero. Por su parte, desde Gas Natural Servicios, que suma contratos de gestión energética con 2.000 comunidades de propietarios, explican su forma de trabajo: “Cobramos por la energía consumida, no por el combustible utilizado en la caldera. Si esta funciona mal y consume demás, es un problema nuestro no del cliente, que ve ahorros desde el principio”, asegura. Como ejemplo muestra cómo una comunidad de 116 viviendas en Zaragoza que ha confiado en sus manos la calefacción y el agua caliente sanitaria —con mantenimiento, telegestión y asistencia 24 horas— ha conseguido ahorros de más de 10.000 euros —IVA incluido— durante la vida del contrato y bajar su consumo un 13%.

Calefacción urbana

Este sector vive un momento dulce y con un prometedor futuro, aunque no exento de retos. “Existe un sabor agridulce sobre la eficiencia energética. Por un lado, proliferan los proyectos en las comunidades autónomas, los entes locales y el sector privado; y por otro, debido al problema del déficit, el Estado central ha parado los suyos a largo plazo”, señala Javier Sigüenza, secretario general de la Asociación de Empresas de Mantenimiento Integral (AMI). Para este directivo, otra solución para las comunidades de vecinos que irá ganando peso en el futuro es la calefacción urbana o district heating en inglés. “En Barcelona se empezó conectando hoteles, edificios públicos… y ahora también, comunidades de vecinos. Se consiguen unos ahorros brutales, de hasta el 70%. Solo con la conexión, se mejora dos letras la calificación energética”, explica Sigüenza, que también es secretario general de Asociación de Empresas de Redes de Calor y Frío (ADHAC).

El funcionamiento es ‘sencillo': en la cabecera se instala una central que produce el calor o el frío —se utiliza gas natural, biomasa, geotermia u otros recursos locales—, se monta una red de tuberías por un área y en cada edificio, unas subestaciones para la gestión individualizada. Como ventaja: se fomentan las energías limpias, en los edificios no hay calderas (más seguridad y confort), aumenta el rendimiento (se utilizan economías de escala) y la red eléctrica no se sobrecarga en verano por el uso de los aires acondicionados. Como inconveniente, el elevado coste y la necesidad de contar con el apoyo del ayuntamiento de turno. “Por lo menos se requieren 2.000 euros por cada metro lineal de tubería, que están preparadas para que el calor no se pierda. Dinamarca tiene más del 60% de su población conectada a este tipo de redes y París alberga la mayor red de frío de Europa. España debería evaluar mucho el district heating”, sentencia Sigüenza.

FUENTE: El País

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